—¡Niño, ahorra! —me parece estar oyéndola (a madre).

Hoy en día, son muchas las personas que apuestan por la educación financiera en las aulas. Y, aunque, como tal, no se imparte, sí que existen materias optativas en ESO que nos ayudan a que la chavalería sepa cosas (¡y qué cosas!).



—¿Cómo qué? —dirán ustedes.

Qué es el IRPF, cómo funciona el IVA (ojo, esto de manera sencilla, que los manuales de renta tienen miles de páginas), cómo se hace una factura, cómo se devuelve un préstamo, qué es el tipo de interés, cómo crecen los ahorros y cómo se los come la inflación, qué tipo de tarjetas existen, qué es el dinero, de dónde sale y quien determina si hay más o menos.



Todo lo anterior (y algunos conceptos más) andan repartidos por los currículos de estas materias y los ecos que se producen cuando los damos a conocer van quedando, a fuerza de repetirse, en algunas cabezas. Privilegiadas, sí, porque años atrás esto (que nos va a acompañar toda la vida) no se enseñaba nada más que a tortas y a disgustos. Y madre, que me parece estar oyéndola:

—¡Niño, ahorra! Que no sabes qué va a venir.



—¡Hay que disfrutar la vida, madre!

¡Y tanto! Aunque es muy probable que la vida se extienda más allá de los treinta y de los cuarenta. Una probabilidad cada vez mayor y más deseable, si cabe, a medida que vas cumpliendo años. Si uno viviera veinticinco años, el ahorro estaría denostado e incluso penado por la Ley. Pero, ya lo saben ustedes porque lo ven todos los días: la gente, por lo general, vive muchos años más.



Por eso, el ahorro se convierte en algo deseable. Pregunten a cualquiera lo siguiente:

—¿Oiga, le gustaría tener unos ahorrillos en el banco? No sé, digamos, unos diez o quince mil euros? (será difícil encontrar a alguien que nos diga que no).



—¡Pues claro que me gustaría! Me vendrían de perlas, —contestarán, abriendo los ojos.

Claro, si es que tienen más de treinta años (o de cuarenta) y ya van sospechando que la vida va a ser larga. Ahora solamente hace falta conseguir ahorrar y, para ello, lo mejor es hacerlo sin darnos cuenta, a través de las pequeñas (sí, otra vez) cosas.



En mi caso, por ejemplo, mantengo una lucha constante con el segundo café de la mañana (el primero me parece complicado evitarlo). A menudo, lo consumo por tener la excusa de ocupar un espacio en el hueco de las manos. Quiero decir, que son muchas las ocasiones en las que no lo necesito realmente.

—¡Bah! Si son 55 céntimos —me digo al mismo tiempo que dejo resbalar las moneditas por la ranura de la máquina.



Pero, echando cuentas, resulta que, a la semana laboral, son 2,75 euros y, por tanto, al mes son 11 euros, lo que me arroja un saldo anual de 121 euros en segundos cafés que no necesito (no quiero pensar que serían 242 euros anuales en cafés). Pequeños gestos como este son los que nos inculcaban nuestros padres. Imaginen a su madre o a su padre hace cuarenta años diciéndoles:

—¡Gasta, hija, gasta! ¡Tú también, hijo! ¡Gástalo todo!

Más bien, andaban detrás nuestra para que no llamáramos por teléfono más de la cuenta (había que ahorrar y las llamadas telefónicas con los amigos adolescentes era algo tan mal visto como el segundo café de mis días laborables). Menos mal que ahora ya tenemos tarifas planas, de voz y de datos ¡Estamos salvados! ¿Seguro?

Tampoco. Las apps instaladas de los e-commerce nos tientan con sus notificaciones emergentes. ¿Un teclado inalámbrico para la nueva Smart TV? ¿Un relojito de pulsera por 7,99 euros? ¿Qué tal una cazadora de cuero por 21,99? Queda fabulosa en la foto. Ahora o nunca, sin gastos de envío. Es el momento (o no).

No les digo que no compren, sí que esperen algo de tiempo. Si no pueden hacerlo, utilicen una tarjeta prepago para este tipo de operaciones. Y ténganla siempre a cero. De esta manera, cuando ya se vean con el reloj de pulsera puesto, deberán acceder a la app de su banco y recargar la tarjeta, algo que les llevará dos minutos, tal vez el tiempo suficiente como para pensar que, si no llevan un reloj de pulsera habitualmente, será por algo.

Prueben a apuntar todas las compras no realizadas por impulso y súmenlas a final de año. Verán complementados sus ahorros. Hay más trucos, muchos más, tantos como días y todos nos conducen por la senda del ahorro. Si se preguntan qué enseñamos en las clases, ahí va la respuesta:

Todo el tiempo, contenidos curriculares. La cultura del ahorro se cuela entre las explicaciones, aunque tengo que decir que la mayoría de la chavalería ya viene enseñada de casa. Nosotros no vendemos fondos de inversión ni planes de pensiones. Una simple cartilla de ahorro basta, lo que sea que, poco a poco, café a café, nos configure un colchón adecuado para la más que probable larga vida que nos espera.



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