«Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho, dieciséis» Muchos somos los que crecimos con esta pegadiza canción que, a partes iguales, era una sintonía de patio de colegio y una pedagógica forma de aprender las adiciones más básicas.

Una vez que creces -y sin perder ni la nostalgia de aquellos tiempos ni la candidez de quien aún sigue creyendo que hay «cosas que caen por su propio peso»-, descubres que la aritmética (esa disciplina tan rígida, tan universal, tan aséptica y tan desprovista de toda subjetividad) puede esconder un lado perverso.



No, … rectifico de forma tajante. No es perversa la ciencia exacta, sino quien se ampara en ella con argumentos de cuasi objetividad para dar rienda suelta a sus intereses.

Por contextualizar: pongamos que hablo de Madrid. No de la canción de Sabina que tanto me gusta, sino de la Carrera de San Jerónimo. Donde está el Congreso de los Diputados. Donde tanta importancia tiene sumar dos más dos…



El lugar en el que llegar a pactos antinatura (ateniéndonos a lo estrictamente ideológico) con tal de sumar la cifra mágica, permite gobernar.

La Cámara en la que legislatura tras legislatura los grandes partidos se han ayudado de la aritmética para aprobar presupuestos generales. Eso sí, el peaje de la suma no ha sido baladí, ni cuestión menor para los españoles. Porque tras los apoyos en forma de votos, había toda una suerte de concesiones en materias como más presupuestos para inversiones en infraestructuras o más autogobernanza. Que no seré yo quien diga que los apoyos hayan de ser gratis, pero es que da la casualidad que los apoyos parecían tener querencia y arraigo en unas regiones del país más que en otras. Y claro, al final, el concepto constitucional de solidaridad, al que más y al que menos, nos chirría. Regiones, todo sea dicho de paso, con unos representantes políticos que han defendido a capa y espada durante décadas los intereses territoriales. Todo eso -hasta cierto punto- lo entiendo. Para eso han sido elegidos por sus electores, valga la redundancia. Lo que ya no entiendo tanto, es que quien necesita esos votos para sumar, permite, supeditar los intereses de todos los españoles y del territorio nacional a los territoriales de unos cuantos, para conseguir los propios como partido.



La cosa se complica aún más, cuando entran en escena, legítimamente, eso sí, que esto nadie lo cuestiona (Pues han sido votados. Aunque no tienen ni implantación nacional ni llegan por asomo al umbral mínimo de votos de entre el 2% y el 5% que aprobó el Parlamento Europeo para obtener representación en la institución comunitaria a partir del 2024). Pero como digo, aparecen en el hemiciclo, enarbolando la bandera del pluralismo. Que lo de menos es que entre sus preceptos defienden la autodeterminación, ni se empleen a fondo en tesis rupturistas de la unidad de España, ni apoyen los homenajes a personajes terroristas, ni se manifiesten fervientes anti constitucionalistas o se deshagan en populismos de fácil compra pero de imposible puesta. Todo esto da igual. Lo que importa -e impera- es el Pluralismo. El resto es paja para llenar titulares y dar contenido a los análisis políticos de las distintas cadenas de televisión.

El problema se agudiza cuando un partido constitucionalista, en aras de llegar al poder…acude sóla y exclusivamente a la aritmética. Adicción pura y dura. Que si para llegar a un acuerdo es necesario vender el alma de tu país…pues no pasa nada. Ya lo decía el gran Groucho: «Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros».



Si uno es capitán de su vida y responsable de sus decisiones, perfecto. El problema es cuando uno representa a todo un país, y se deja olvidado en el segundo cajón del armario del baño de casa, los principios, porque el color y el tejido no casan bien con lo que le pide el vecino de enfrente. Ese con el que sólo comparte espacio en la Cámara y si acaso consumición en la cafetería de la misma, pero poco más. Porque cualquier parecido entre ellos y lo que representan es pura ficción.



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