El mayordomo es una de las figuras esenciales de muchas Semanas Santas de nuestros pueblos. Es la cabeza visible de cada cofradía, portando la vara en la cabecera de los actos religiosos, además de ser el anfitrión de toda la hermandad antes, durante y después de las procesiones, poniendo al servicio de los cofrades su propio domicilio. Con su esfuerzo por mantener la tradición, merece el lugar más destacado y así se le reconoce a lo largo de todo el año de su mayordomía.

Hace dos años en mi querido Corral de Almaguer me tocó por sorteo ser el primer mayordomo de la cofradía de “Los Morados”, el mayordomo de Jesús Nazareno. Para mis paisanos, como si me hubiese tocado la lotería, vamos. El problema vino porque aquella Semana Santa tenía lugar apenas un mes antes de las elecciones municipales de 2019 y, después de valorar la situación con mi familia y compañeros derivada de mi trabajo en la campaña electoral, decidí ceder ese privilegio al que estaba de suplente. “Seguro que el año que viene podré disfrutarla mejor”, pensé para mí.



 Y vino la pandemia de COVID-19. Y nos dejó sin mayordomos en las Semanas Santas del año pasado. Las celebraciones religiosas propias de estas fechas se pudieron seguir mediante videoconferencias con el esfuerzo de muchos párrocos que se subieron al carro de las nuevas tecnologías como pudieron. Pero los pueblos perdieron su atractivo turístico de estas fechas, mientras que las tradiciones en torno a las procesiones tenían que esperar. “Seguro que el año que viene podremos disfrutarlas mejor”, pensábamos todos.

 Y llega la Semana Santa del año 2021 y el maldito virus no se ha ido. Volveremos a echar de menos a nuestros mayordomos procesionando detrás de los pasos. Nuestros pueblos seguirán sin recibir a los visitantes de Madrid o del Levante de España, pero estamos nosotros. Las limitaciones sanitarias nos permiten ahora a los toledanos conocer de cerca esa bonita combinación de tradición, religión y atractivo turístico que tiene cada pueblo de nuestra provincia en Semana Santa. Los amantes de la playa y del esquí, que acostumbraban a salir pitando de nuestra tierra en estas fechas, van a descubrir su tierra como nunca la habían imaginado.



Solo hace falta cumplir las medidas de seguridad que nos marcan las autoridades sanitarias y volverse a enamorar de aquello que pensábamos que ya conocíamos, pero que nunca nos deja de sorprender: iglesias y ermitas vestidas para la ocasión, alojamientos rurales que se han tenido que reinventar por todas las trabas que han tenido que pasar estos últimos meses, senderos vírgenes, una gastronomía a la altura para cualquier crítico o espacios naturales que van más allá de lo que se ve por la tele.

Este virus nos ha enseñado que recordar los males que hemos pasado, incluso con la pérdida de muchos seres queridos, no nos ha de impedir que disfrutemos de esta Semana Santa, tal vez porque no tenemos claro lo que va a ocurrir el año que viene. Yo no sé si me volverá a tocar ser mayordomo del pueblo de mi madre, pero lo que doy por seguro es que no volveré a desaprovechar la ocasión de vivir una Semana Santa como se merece. Con virus o sin virus. Sin mayordomo o con mayordomo. Esta Semana Santa, descubre la provincia de Toledo.



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