Ha sido una constante de los alcaldes y concejales de Castilla-La Mancha la queja sobre la nula tutela del Gobierno autonómico de Emiliano García-Page sobre la gestión municipal durante los meses más duros de la pandemia sanitaria y posteriores, quizás superado el presidente del Ejecutivo regional socialista por las circunstancias adversas sobrevenidas, por la falta de previsión, y en posición de huida hacia adelante permanente.

Tan superado por las circunstancias como negacionista de la realidad que han vivido los alcaldes, quienes a su manera y sin mayores indicaciones, han abierto y cerrado espacios públicos, clausurado actividades culturales y festivas, o coordinado la confección de equipos de protección individual cuando había escasez de esos materiales, repartidos generosamente entre vecinos, trabajadores municipales y centros hospitalarios. Fue un momento donde la solidaridad vecinal, liderada por los propios concejales y alcaldes de la región, escribió páginas históricas y brillantes de apoyo a las familias más vulnerables, a las personas mayores que precisaban de asistencia personal, de la adquisición de medicamentos o de la cesta de la compra.


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Los alcaldes vivieron con angustia la ausencia de un protocolo que coordinase las medidas de prevención, como fue la propia desinfección de los espacios públicos, para lo que echaron mano de los agricultores de los pueblos. Pero en todo este tiempo en que los ediles vivieron con angustia la expansión del coronavirus y se hacían cargo de la limpieza de consultorios médicos y colegios, reforzando con sus propios fondos todo lo que estaba vinculado a la lucha contra la enfermedad, no han recibido ni una sola llamada de apoyo del presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, más ausente que nunca.

No fue tan sólo la ausencia de un representante del Gobierno regional la que marcó la lucha contra el Covid-19 desde los entes locales; es que, además, tuvieron que digerir los alcaldes el desprecio de un García-Page más soberbio que nunca, por entender que se habían limitado a cerrar los parques y limpiar las calles, y por tanto, saldrían por “la puerta grande”. No cabe mayor maltrato a los que son los más directos responsables de los vecinos de los pueblos de la región, la primera autoridad a quien se dirige cualquier residente para demandar ayuda y exigir medios necesarios.

Los alcaldes y concejales de Castilla-La Mancha han sido los grandes olvidados de García-Page, que aún hoy sigue sin hacer autocrítica o pedir perdón por haberlos dejados tirados en los peores momentos de la crisis, o de afrontar medidas conjuntas para evitar rebrotes. Mucho menos les ha defendido antes las pretensiones del Gobierno de Pedro Sánchez de confiscar sus ahorros.


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Se impone, desde luego, una nueva forma de gobernar, un presidente que valore a los concejales por lo que suponen y representan en la Administración, los más pegados a la sensibilidad de la calle, lo que más sufren los casos de necesidad en sus municipios. Un presidente que valore el municipalismo como la piedra angular de su quehacer político, tal y como viene reivindicando Paco Núñez en sus visitas a los pueblos de nuestra tierra.

Page no sólo ha despreciado a maestros, sanitarios, personas mayores o al tejido social y económico de Castilla-La Mancha, a los que ha negado la voz y la representación en las Cortes regionales. También ha ninguneado a los alcaldes de todos los signos políticos para quienes lo primero, por encima de las siglas partidistas, son sus vecinos.

La crisis sanitaria ha puesto en evidencia la falta de gestión de García-Page y ha demostrado que hay otra forma de hacer vecindad, la de Paco Núñez, valorando y protegiendo a los alcaldes de nuestra tierra, eje de su acción política.



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