Un águila imperial despliega sus impresionantes alas mientras lanza sus garras para atrapar a un conejo que, con ojos de terror, trata de huir desesperadamente. “¿Cómo has podido hacer algo así?”, preguntó la rana a punto de morir ahogada al escorpión que acababa de picarle, “Ahora moriremos los dos”. Esopo, a quién se le suele atribuir la fábula, hizo responder al escorpión: “No he tenido elección: es mi naturaleza”. Es mi supervivencia, podría añadir la rapaz.

La exposición “La Caza: un desafío en evolución” no es inocua, ni neutral. En estos tiempos de veganismo y cierta visión disneyficada de la naturaleza, exposiciones como ésta son necesarias para separar unas cosas de otras de esta especie de papilla conceptual en la que andamos sumergidos. Que la caza deportiva no es lo mismo que la caza por subsistencia, es una cuestión obvia, tanto como que los ecosistemas actuales, carentes de depredadores superiores, necesitan de la intervención humana para su equilibrio. Sentimos horror ante la visión de animales naturalizados, un eufemismo más para evitar la palabra disecados, y preferimos las reproducciones como la del ser humano que logra domesticar el fuego para asar la carne.



“La hora del Lobicán, que decían los viejos, confunde al lobo en can y al perro en lobo”. En ese malestar  entre el lobo que llevamos dentro y el perro que queremos ser, la exposición “Caza” nos pone frente a la realidad de la vida humana durante miles y miles de años. Sobrevivir un día más. Comer o ser comidos. El cráneo de un Smilodon o tigre dientes de sable nos hace sentir el terror de aquellos tiempos que todavía llevamos grabados en algún profundo lugar de nuestros genes.

“La hora más humana y más lobuna. Así es el hombre al fin. Perro y Lobo. Lobo y Perro”. Un bisonte naturalizado escapa de la reproducción de la pintura de Altamira. Otro baño de realidad. Cruzado el umbral de la civilización romana con la aparición de la caza masiva, el comercio de pieles, de colmillos o la simple colección de trofeos, la exposición también muestra la cara más cruel del ser humano. No se rehuyen los aspectos más oscuros y polémicos como el uso de trampas y venenos, la introducción de especies invasoras o la extinción de especies salvajes.

Al otro lado de la balanza, su contribución al equilibrio natural, a la creación de empleo y de desarrollo, a la recuperación de especies autóctonas y, aunque parezca paradójico para los ajenos, el respeto a la naturaleza alejado del amor almibarado. Porque es difícil hablar de caza en un contexto social para el que la naturaleza se ha convertido en un paraíso idílico, construido desde la lejanía de las pantallas. Justo en el desafío de ponernos frente al espejo de lo que somos como especie está el valor de esta exposición que, organizada en colaboración con el Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC), puede visitarse en el Museo de Ciudad Real hasta el 31 de mayo de 2020.

Los entrecomillados no referenciados pertenecen a la letra de la canción “La Hora del Lobicán” de Patxi Andión, asesor de esta exposición y que falleció recientemente casi a la hora del Lobicán.

El Tomanotas
Texto y fotos: José An. Montero


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