Por ir al grano, es necesario dejar claro lo que no es participación en una ciudad de tamaño medio como Toledo. No es participación reunir cada dos meses a las asociaciones de vecinos en unos mal llamados ‘Consejos de Participación’, cuyas convocatorias no llegan al conjunto de los residentes y se debate siempre sobre las mismas cuestiones, sin avanzar. No es participación hacer un foro con los representantes de los toledanos que el Gobierno local estime oportunos para hablar de unas obras que ya se han iniciado, o de un plan urbanístico que ya tiene definidas sus líneas estratégicas inamovibles. Estas formas de entender la participación están generando en la ciudad imperial una postura cada vez más negativa por parte de los representantes vecinales y de los toledanos, en general, ya que sólo se impulsan para poder cubrir el expediente. Y eso no es una verdadera participación.

De acuerdo con esta situación de desafección -que recuerda a los tiempos del 15M en los que se pedía una “democracia real ya”-, los asuntos públicos no pueden seguir siendo gestionados como siempre. Se requiere de una nueva gobernanza que sea eficaz, involucrando a la ciudadanía, que es la que determina si se están solucionando los problemas demandados. Y para dar un poco de luz a nuevas formas de participación, llevo unos meses investigando acerca de optar por la vía de las consultas ciudadanas.

El hecho de que las preferencias de los vecinos estén eternamente divididas no hace necesariamente peor que estas se resuelvan mediante voto sobre las políticas concretas (consultas ciudadanas) y no mediante voto a los representantes (comicios). Las consultas ciudadanas podrían funcionar perfectamente si asumimos que no van a incrementar el grado de consenso en la solución de problemas, y que de hecho es probable que aumenten la división de determinados asuntos dada la mayor visibilidad del debate. Eso sí, un buen diseño de un procedimiento de consultas ciudadanas, que afrontara todas estas limitaciones, puede implicar una mejora en la calidad de la toma de decisiones. Para ello es necesario que se trate sobre los asuntos que la inmensa mayoría de la ciudadanía tenga o pueda llegar a tener interés vivo y patente, al alcance de todos. Y la respuesta a esto lo encontramos en los municipios, donde cualquier vecino puede tener su idea acerca de cómo llamar a una plaza nueva o encontrar la mejor localización para un centro deportivo.

Y si las consultas ciudadanas son una vía por explorar, ¿qué recorrido han tenido estas en Toledo? Nunca se ha convocado a los toledanos y toledanas a una consulta ciudadana para votar en urna (referéndum) de manera más o menos formal, tal y como se acostumbra casi semanalmente en otros países con más experiencia y disposición a una verdadera participación como Alemania o Suiza. El único intento de referéndum en Toledo corre a cargo del alcalde José Manuel Molina en 2005, que estuvo a punto de preguntar a los vecinos ante la construcción de un aparcamiento en el paseo de San Cristóbal, pero al final no se atrevió ante el fuerte debate político que se produjo. Luego vino el boom de las redes sociales y hay ejemplos de consultas electrónicas como la que hizo el alcalde García-Page en 2011 para dar nombre al Palacio de Congresos de Toledo. Lo chapucero de entonces fue que en la consulta ciudadana salió la opción de ‘El Miradero’ como mayoritaria, pero el alcalde se salió con la suya para llamarlo ‘El Greco’. Por último, en 2015 el gobierno de coalición entre PSOE y Ganemos lanzó la plataforma web de participa.toledo.es que no funcionó porque optaba por los ciudadanos a título individual, a espaldas de las asociaciones vecinales, que se tenían que registrar por internet. Los 114 usuarios registrados en tres años es un dato que corroboró la inutilidad de aquel modelo.

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Que en Toledo haya habido estos efectos perniciosos en la utilización de consultas ciudadanas no es motivo para excluirlas del funcionamiento cotidiano de nuestro Ayuntamiento. Al contrario, hay que aprender de los errores y tratar de buscar ciertos requisitos y garantías -formalizados en reglamentos orgánicos- aplicados a la idiosincrasia, cultura de participación y voluntad política que existe en nuestra ciudad. Sería muy interesante impulsar consultas ciudadanas vía referéndum en asuntos clave que el municipio tiene por delante (nuevo ferial, equipamientos deportivos, nuevo Cuartel de la Guardia Civil, futuro del yacimiento de Vega Baja, etc.). Para ello sería fundamental el papel de las asociaciones de vecinos, que harían de interlocutores entre el Ayuntamiento y los residentes a la hora de informar y crear debate que consiga implicar a la ciudadanía, con el objetivo de alcanzar un porcentaje adecuado de participación. La otra opción es dejar el modelo de participación como está. Y así nos va.

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